Aprendiendo a desaprender en poesía I

Ayer lunes, 3 de octubre, asistí a la primera clase magistral dentro del marco del festival de poesía de Cosmopoética.Poetas del mundo en Córdoba, con Antonio Lucas de “profesor”, y en esta charla surgieron tres preguntas que aunque intuyes que sabes, pocas veces te las preguntas seriamente: ¿porqué escribes poesía?, ¿qué buscas en la poesía?, ¿cómo escribes poesía?
Hoy me lo he preguntado y he llegado a estas conclusiones o reflexiones:
Escribo poesía porque siento que lo necesito, para qué la necesito realmente, no estoy segura, intuyo que es para completarme como persona, para sentir que soy capaz de crear (no solo destruir) y que quizá eso que escribo, le ayude a otro a completarse también porque encuentre una palabra, una frase, que llene el vacío.
Escribo, bueno, realmente leo poesía, para recuperar el ritmo del mundo que me rodea y poder respirar acompasadamente con mi corazón, mis venas, ya que hay un desajuste entre ritmo externo (mundo colindante) y el interno, ese expandir y contraer el corazón, y de ese desajuste ya salen, surgen, el resto de desajustes, el del vacío, el de hallarse perdido, el de no saber quién eres y lo que quieres de verdad.
¿Qué busco en la poesía? Busco ante todo respirar y crear sensaciones, atrapar en las palabras esos pequeños momentos que si no quedan plasmados se volatilizan, y es por esto que mi poesía creo que es muy visual, o al menos es lo que intento, que quien lo lea pueda llevar por mucho tiempo el poema en la cabeza, que arrastre en su sombra el poso, la sensación del poema.
¿Cómo escribo yo poesía? Buena pregunta, cerrando mucho los ojos, necesito dejar de ver para volver a ver, por eso creo que me es tan difícil escribir en bares o cafeterías, aunque me encantaría poder hacerlo, pero no soy capaz, (pongo muchas caras raras mientras escribo 🙂 ), algún pequeño verso sí, o apuntar una palabra, una imagen, sí, pero ya un poema en serio no, porque cierro mucho los ojos, tanto que a veces duele e incomoda, como la poesía, y entonces esa idea o sensación que lleva rondándome semanas me llega en forma de primer verso y después, después casi siempre viene el bloqueo y, cuando llevas igual una hora con un solo verso, a lo sumo dos, de repente suele venir el torrente y al final acabo extasiada, porque a mí escribir poesía me agota, no me resulta fácil, no tengo esa facilidad para parir versos como otros, sino que yo noto que salen de tan abajo o de tan dentro, tengo tanto que dejar de ver que es una fatiga, un ejercicio que me deja sin respiración, pero que tiene su recompensa cuando ves que ahí, en ese papel hay una intuición, una sombra de poema, que habrá que dejar reposar, que se ensamble, que las palabras, como la madera, con el frío y el calor cojan su holgura, luego toca volver a cogerlo del cajón al cabo de un tiempo y preguntarte qué hay aquí, y a veces tachar solo una palabra y cambiarla por otra, y otras tachar casi todo, y al final quedarte con un poema de tres versos, así es, para quedarte con el hueso, con la esencia del poema.