Experimento I. Poema en bruto, escrito hace cinco minutos

Quiero quitarme la losa de la lengua no madura,
la que no ha conseguido llegar a la sencillez,
la que no sabe reducir el corazón a una raya horizontal sostenida en un plano vacío,
la que no sabe que la luz se la llevó el pájaro
que no aparece en el lienzo,
la que aburre con los comos y porqué,
y no ama el silencio
donde la mirada se hace verdad y sujeta.

Perder como un diente la lengua
y de regalo volver a dibujar
una persona de palito:
cabeza, tronco, brazos y piernas
sin artificios, sin mentiras, sin ruido.

«Como suceden los árboles». Maribel Tena García

Pongamos que es septiembre, aunque el calendario me desmienta y quiera que sea enero de 2017, pero septiembre es realmente para mí el punto de inflexión, la sombra agradable del verano. Por esto es este mes, para empezar una nueva manera de hablar de libros.

Así que pongamos que es en septiembre cuando me topo con un libro que ya se ha hecho en mí por su título, Como suceden los árboles, que me lleva a otros libros leídos, como La paciencia de los árboles de María Sotomayor o a Antonio Machado y sus Campos de Castilla, libros que beben de la tradición de medir el tiempo humano al ritmo de la naturaleza, medirse al ritmo de los árboles.

Me esperaba que el poemario estuviera plagado de referencias a la naturaleza, a los árboles, pero voy leyendo sus páginas, descubro que no, que lo puebla la lengua carnal, y la lengua que dice padre y madre, y dice el peligro, pero que lo ignoramos, como en su poema Gen Tas2R38 («Bendito el tiempo remoto / en que era la lengua profeta del peligro», pág. 12) o nos dice el dolor primero, el indivisible («que lo más pequeño, / desde el principio, / albergaba la señal primera del desastre», Matrioska, pág. 18) y la lengua como idioma se va tornando y haciendo en abrazos, en «codornices con almendras» (Lecciones, pág. 23).

Ilustración. Franz Eugen Köhler’s Medizinal-Pfianzen.

Y no, no encontramos los árboles físicos, sino su ritmo pausado de crecimiento, su suceder hecho poemas, y quizá este libro sea un Quercus robur, un roble que acabo de saber que tarda entre cuarenta y cincuenta años en florecer. Un roble que narra su memoria, su identidad, las injusticias, un testigo vivo de su tiempo, de la España y del mundo de los años 10 del siglo XXI. Un roble de Raíces verticales, un roble en el perímetro del incendio, un roble con aspiración a fruto (1). Y donde lo más espectacular, lo más visible, queda para el final, el fruto. Observo cómo los poemas se resuelven con gran fuerza al final, pareciendo estos quizá al principio algo monocromáticos, pero una vez que aprendo los primeros poemas, los siguientes siempre quiero llegar al final para saber qué fuego artificial ha preparado, y el poema final, ese que casi me pierdo porque aparece en la contraportada, es el que da sentido a todo el poemario, sin él, el poemario no tendría toda la unidad necesaria, sería una recopilación de poemas, pero como los árboles, hay que ser pacientes para llegar al fruto.

Pensando en quien querría leer este poemario de mi «cuarto de libros», pienso en alguien que quiera toquetear, palpar por primera o casi primera vez la poesía, sentir su peso o su liviandad, y pienso en esa persona porque este libro por su factura narrativa, por su sencillez y limpieza metafórica, sin escondrijos, por sus detalles cotidianos y su denuncia social le harían sentir y le harían querer más poesía.

Postdata: Hay un poema de todo el libro que me obsesiona, es Augurio (pág. 21), y me obsesiona por varias razones: porque es el que más fuerza tiene de todos los poemas y porque es el que a su vez veo que termina de forma menos sólida, diluyéndose el poema, con imágenes algo ya sabidas y agotadas, y me pregunto por qué la poeta no paró antes el poema. Porque los diez primeros versos son tan plásticos, ese amor en silencio de padre e hijo roto por la bandada de pájaros, ese amor que se puede tocar, que está vivo, que se hace verdad según lo lees. Pero luego continúa utilizando cada vez más palabras concepto, abstractas, que se nos escapan de nuestras manos, que ya no tienen el matiz concreto, que ya no podemos ver, y el amor se nos queda perdido en un remolino de polvo. Pero esos diez primeros versos, eres afortunado si los lees. Sí, esos diez versos únicos:

AUGURIO

En lugar de decirme te quiero

mi padre me regalaba aceite.

Begoña Abad

El día que murió el padre de mi padre

una bandada de pájaros

sobrevoló los perales

en dirección al río.

Parecían lanzar sobre nosotros

un augurio medieval a destiempo.

A contraluz vimos

cómo deshilachaban el mediodía,

y rompían el silencio

con que ambos se habían amado.

 

 

Simplemente leer poesía, simplemente leerte, simplemente leer la vida. Seguro que sois muchos los que disfrutáis con esta lectura.

Ficha técnica:

Título: Como suceden los árboles.

Autora: Maribel Tena García.

Editorial: La Penúltima editorial.

Año publicación: 2016

Páginas: 75.

Biografía de la autora: Nace en Villanueva de la Serena (Badajoz), en mayo de 1978. Se licencia en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, con la intención de dedicarse profesionalmente a cultivar su amor por las letras. En ello está desde el año 2000, primero enseñando español en la universidad de L’Aquila (Italia) y después a través de la docencia de Lengua y Literatura en institutos de Secundaria. En 2012 publica su primer libro de poemas, Mujer fractal (Origami). Aparece asimismo en las obras colectivas Voces del extremo, publicadas por la editorial Amargord: Poesía antidisturbios (2015); Poesía y Raíces (2016). Junto a otros poetas publica en 2015 en Origami la obra homenaje a Juan Antonio González Iglesias Dicebamus crastina die. Decíamos mañana. (2)

Notas:

(1)Títulos de los capítulos en los que se divide el poemario.

(2)Biografía extraída de su libro Como suceden los árboles, La Penúltima editorial, página 75.